El ancho métrico permite serpentear entre prados, acantilados y túneles cortos como susurros, creando un recorrido que se pega al paisaje en lugar de imponerse. Los trenes sortean pendientes con elegancia contenida, cruzan puentes metálicos que vibran con el mar cercano y se acercan a pueblos donde el andén es saludo y tertulia. Esa proximidad convierte la distancia en compañía, y el horizonte, por más inmenso que parezca, siempre cabe en el vagón.
Muchas estaciones nacieron al servicio de fábricas, minas y lonjas, y guardan aún ese olor a serrín húmedo y sal que acompaña a los carros del amanecer. Sus bancos testigos de cartas abiertas, meriendas improvisadas y botas embarradas narran la vida sencilla sin enciclopedias. Cuando el tren se detiene, el reloj parece aplaudir el reencuentro: la puerta que se abre, el abrazo breve, el jornal que llega a casa junto con las olas.
Todos los jueves, a media mañana, sube con un ramo envuelto en periódico, saluda al revisor por su nombre y se sienta junto a la ventana. Baja dos paradas después, camina hasta un pequeño cementerio con vistas al mar y regresa sin prisa. Dice que el tren le acompaña a recordar y que, a veces, el atardecer le devuelve los colores exactos de un verano antiguo.
Se monta con la tabla enfundada, consulta mareas en una libreta ajada y baja donde la rompiente promete. Agradece que el tren bordeé calas escondidas y que las estaciones pequeñas acepten arena en las zapatillas. Cuenta que las mejores olas llegan cuando nadie las mira, y que después, con el pelo salado, el traqueteo de vuelta suena como una canción de cuna.
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